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jueves, 15 de julio de 2010

Kyo Kusanagi (clásico) | KOF MI2

Si alguien mirara hacia el rugido ensordecedor, vería un avión jumbo tan cerca que casi podría tocarlo. No vería eso en Japón. Kyo contempla el avión alejándose, haciéndose más y más pequeño. Baja su mirada un poco.
Más allá de las oscuras siluetas de los rascacielos, un gran sol recorre el cielo para ser devorado por el horizonte. Kyo se apoya contra una verja en el tejado de un edificio en ruinas y contempla la vista.
Hacerlo le recuerda a cuando estaba en Japón. A menudo miraba las nubes sobre el tejado de la escuela, cuando se saltaba una clase aburrida.
A veces componía una línea mientras miraba las nubes pasar, otras veces recuperaba algo de sueño. Al menos conservaba esos felices recuerdos como un tesoro. Esos buenos momentos a menudo acababan con los gritos de Yuki, un tanto enfadada, a la que los tímidos profesores a menudo recurrían, ya que la cantidad de gente que podía regañar a Kyo Kusanagi era poca: o con los gritos de Shingo, su autoproclamado discípulo número uno.
En aquel tiempo pensaba que tener a Shingo todo el rato detrás era una molestia, perro ahora comenzaba a sentirse un poco vacío sin su voz eufórica siguiéndole.
En esos tiempos aburridos, días de rígida disciplina, sintiendo que iba a un ritmo distinto al resto, dejo de intentar ser como los demás y dedico sus días en Japón a hacer lo que quiso. Ahora miraba esos días con nostalgia, los mejores de su vida.
“Me estoy echando a perder”, rio ante la punzada nostalgia y se tumbó en el tejado.
La brisa nocturna le acariciaba la frente moviéndole el pelo. Se dio cuenta de lo cómodo que estaba y se adormeció.
El sol ya se había puesto y había dado paso a la noche negra. La luz de la luna eclipsaba la de las estrellas. No se podía encontrar ninguna estrella en el cielo, solo una fina luna creciente, como una espada brillando sobre el paisaje urbano.
Kyo apoyó las manos en sus rodillas mientras se levantaba y metió los dedos entre los agujeros de la verja. Esta ciudad bebía codiciosa las ambiciones y pasiones de sus habitantes y nunca dormía, ni siquiera en lo más profundo de la noche. La razón de la falta de estrellas en el cielo eran las luces de colores que emitía esa jungla de asfalto construida por sus habitantes, que eclipsaba fácilmente el mas tenue brillo de los cielos.
Lo sobrevoló otro jumbo que despegó del aeropuerto de las afueras de la ciudad, con las luces de advertencia. Kyo frunció el ceño ante el ruido de los motores y contemplo su silueta desaparecer, y sonrío cuando miró tras de sí.
Una figura delgada y pelirroja se alzaba ante la puerta.
“Podría haberte atrapado fácilmente”.
“Tonterías. Sabía que estabas ahí desde hace mucho”.
Kyo se apartó el flequillo y una llama roja bailó en el aire de esta tierra extranjera.
“Su hubieras intentado algo, habría saltado y te habría convertido en un asado”.
“Mmph”.
Con las manos en los bolsillos de sus pantalones rojos, Iori contemplaba la ciudad teñida de brillantes neones a través de sus largos mechones.
“¿Te parece bien este lugar para tu final?”.
“¿Qué? ¿Qué final?”.
“Creí que debía dejarte elegir”.
“¡Qué amable por tu parte!”, murmura Kyo mofándose mientras se pone sus guantes favoritos, con soles en los reversos.
“¿Por qué Iori lucha contra mí?” Algunas veces Kyo no podrá evitar pensarlo. Es difícil entender porque Iori siempre sigue a Kyo, pero el motivo está claro: odia a Kyo.
Aunque no está del todo claro. Si hubiera podido elegir, por supuesto que habría elegido odio, pero eso tenía muy poco que ver con la relación entre sus respectivas familias, e incluso menos con un sentido de aversión.
Si Kyo no se hubiera visto obligado a asociarse con él, habría podido evitar cruzar puños así.
¿Por qué no se puede retirar? Quizá era por su orgullo lo que le impedía marcharse… aunque no era probable.
“¿Qué es tan gracioso?”.
“Nada”.
Creyendo que sería divertido esconder la sonrisa que acude a sus labios, mueve lentamente la cabeza y se prepara para la pelea. Comienzan a arder llamas en sus puños enguantados y el juego carmesí baila en el aire.
Ignora lo que no le interesa, deja atrás todo lo que le molesta; conoce la ardiente emoción que mana de su interior hacia su indolente corazón.
Nunca podría apreciar a Iori, pero nunca odiará el sentimiento de emoción cuando pelean. Entonces Kyo se da cuenta de por qué la pelea.
“Sería una pena que ganases y perdieras tu razón para vivir”, dice Kyo mientras sus ojos miran la hermosa llama purpura que arde en la mano de Iori.
“¡Es imposible que me ganes esta vez, no ahora!”.
“¿Eso es todo lo que tienes que decir por tu parte…?”.
La llama de Iori parpadea y aumenta su brillo. Sus dos llamas provocan una variación en la temperatura del aire que crea un remolino a su alrededor.
“Te convertiré en cenizas, Kyo… ¡cenizas teñidas del carmesí de tu sangre!”.
“¡Cállate!”.
“¡Hablas demasiado!”.
Entonces, los dos entran en acción a la vez.
Sin familia, testigos o entrometidos, solo la luna es testigo de esta batalla.


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